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ISSN 1989-4163

NUMERO 22 - ABRIL 2011

El Cazo

Carmen Andreu

Sabemos que todos somos diferentes, únicos en nuestras peculiaridades, de modo que mi vecino y yo no nos parecemos,  él es de piel clara, yo cetrino, sus ojos son azules, los míos negros, su genio es endiablado, yo soy tranquilo... pero lo que nos hace más distintos no está relacionado con lo que se ve, es más interno, más propio: nuestra forma de sentir y de querer no son las mismas, tan importante es la suya como la mía.

No obstante, su comportamiento responde a lo considerado normal: canta al tiempo que suena la música, siente frío cuando hace frío y calor cuando hace calor, ríe con un chiste gracioso, habla de sí mismo casi todo el tiempo, no escucha, no suele ponerse en la situación de los demás, trabaja en lo que le proporciona mayores ingresos.

Yo no resulto tan común: canto un poco después de que suene la música, no distingo bien la temperatura por lo que me abrigo cuando hace calor y al contrario, no entiendo tan rápido los chistes, me da vergüenza hablar de mi, no tengo trabajo.

Mi vecino no sabe que ser distinto me obliga a esforzarme más, no somos iguales y como desconoce la causa, le da un poco de miedo y se aparta. Yo soy muy sensible y me siento solo. No quiero ser así, me gustaría que alguien me quitara esa diferencia. Me dicen que es imposible por lo que me escondo durante mucho tiempo.

Eso tranquiliza a mi vecino que ya no me ve y no tiene que hacerse preguntas ni saludarme, se convence de que es lo que yo quiero porque soy tímido y no me gusta estar ni hablar con los demás.

Un día llega un nuevo vecino, diferente a nosotros dos, me ve escondido y  dice: “no tengas miedo, yo también me escondí hasta que alguien me dio la mano y pude salir”.

Poco a poco salgo de mi escondite, hablamos de música, de nosotros y de nuestro vecino, quien al ver cómo hablamos se nos une. Ya no me ve con miedo, podemos hablar y reír, cada uno a su ritmo.

Yo sigo siendo el mismo, pero no estoy solo.

Ahora es mi vecino el más  distinto. Le enseñamos a no sentirse solo.

(De “El cazo de Lorenzo” que puede ser un sombrero según como lo coloques)

El cazo

 

 

 

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